El milagro del Fuego Santo tuvo lugar por primera vez en el Sepulcro de Jesucristo
cuando, en el momento de la Resurrección, una intensa Luz de incomparable
luminosidad inundó el lugar.
En el Evangelio de Lucas se refiere que María Magdalena, Juana y María, la
madre de Santiago, así como otras mujeres de Galilea, acudieron a la Tumba antes
del amanecer. Cuando llegaron allí comprobaron que la piedra que cerraba la entrada
había sido apartada y la Tumba se encontraba vacía. Y estando desconcertadas
y preguntándose qué había sucedido, “se les presentaron dos varones con vestido
resplandeciente” quienes les dijeron:
“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado”.
(Lucas, 24: 5-6)

Dos de las mujeres de las que llevan mirra,
María Magdalena y María, la madre de Santiago,
son informadas por un ángel sobre la Resurrección
de Cristo. Óleo del pintor ruso Nikolay Koshelev (1891).
Jerusalén, Iglesia de San Alejandro Nevsky.
En el Evangelio de Juan la descripción del mismo suceso es más detallada:
“El primer día de la semana, María Magdalena fue temprano al sepulcro cuando
todavía estaba oscuro y vio que ya la piedra había sido apartada del mismo. Entonces
corrió y fue a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús amaba y les
dijo: “Se han llevado al Señor del sepulcro, y no sabemos dónde lo han puesto.”
Salieron, pues, Pedro y el otro discípulo e iban hacia el sepulcro. Los dos co rrían
juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al
sepulcro; e inclinándose para mirar adentro vio las envolturas de lino puestas
allí, pero no entró. Entonces llegó también Simón Pedro tras él, entró al sepulcro
y vio las envolturas puestas allí…” (Juan, 20:1-7)
¿Cómo es posible que estando todavía oscuro, hubiesen conseguido Pedro y
Juan ver en el interior del Sepulcro las envolturas del cuerpo de Cristo? ¿Y sobre
todo Juan, que no entró siquiera en él?
La respuesta nos la da San Gregorio de Nisa en su obra Sobre la Resurrección
de Cristo, en la que manifiesta que todos cuantos siguieron al apóstol San Pedro aquella noche creyeron en la Resurrección porque el Sepulcro de Cristo estaba
lleno de una Luz que era visible a los ojos del cuerpo y del alma:
“Todos cuantos estaban con Pedro vieron y creyeron… porque el Sepulcro estaba
lleno de Luz, de manera que aunque era de noche vieron el interior del
Sepulcro de dos modos: con los sentidos físicos y los espirituales”.1
San Juan Damasceno señala de igual manera que el apóstol Pedro se asombró
cuando vio la Luz dentro del Sepulcro:
“Y corriendo Pedro, llegó a la tumba y viendo la Luz dentro del Sepulcro se
asombró”.2
El mismo santo, en su obra Sermón del Sábado Santo, refiere además que la
Luz que iluminaba el Sepulcro de Cristo aquella noche era la Luz inconstructa del
Creador, la misma Luz de la Transfiguración de Cristo en el Monte Tabor.3 Escribe
San Juan Damasceno:
«Και αυτή η της αγίας Κυριακής λαμπρά και φαεσφόρος ημέρα, εν η το άκτιστον φως σωματικώς εκ του τάφου πρόεισιν, ως νυμφίος ωραίος τω κάλλει της αναστάσεως».4
es decir,
“Y este día resplandeciente y luminoso de Domingo Santo, durante el que la luz
inconstructa emana perceptiblemente para los sentidos del Santo Sepulcro como
hermosa Novia para hermosura de la Resurrección”.
La luz que inunda el Sepulcro de Cristo en el momento de Su Resurrección es
la Luz inconstructa del Indivisible Dios Trinitario. ¿Cuál es, pues, la relación entre la Luz inconstructa y la llama que arde en la lámpara vigilante y en los cirios que
sostiene el patriarca durante la ceremonia del Sábado Santo?
El profesor de la Escuela Teológica de la Universidad de Atenas, el primer
presbítero Georgos Metalinós, durante la conversación que mantuvimos sobre este
tema, manifestó lo siguiente: “La Luz inconstructa es el chispeo que sale del Sepulcro
de Cristo. Esta Luz es imperceptible e inconstructa. A partir de ese momento,
cuando prenden los cirios del patriarca, la Luz toma cuerpo. Es decir, la causa de
la ignición de la luz, de la ignición de las velas del patriarca es la Luz inconstructa.
Sin embargo, la llama que prende en los cirios, que podemos tocar, es luz constructa. Y como esta llama tiene al principio el don de la Luz inconstructa, por ese
motivo no quema”.
¿Es posible, sin embargo, en nuestros días que esta Luz inconstructa pueda ser
vista por todos los presentes, incluso por los no creyentes?
El profesor de la Escuela Teológica de la Universidad de Salónica, el también
primer presbítero Teodoro Zisis, manifiesta lo siguiente en relación a esta pregunta: “La Luz inconstructa es visible también hoy, no por todos, sino por muchos de los
que asisten a la ceremonia. Todos ven, naturalmente, el resultado constructo de la
inicial energía inconstructa del Fuego Santo. Es decir, que se transmite de fiel en
fiel el Fuego Santo, que en pocos minutos pasa de inconstructo a constructo. La Luz
inconstructa es visible por excelencia por los perfectos, pero permite sin embargo
el Señor alguna visión a los no perfectos, incluso a no creyentes, con el fin de conducirlos
a la salvación”.
La primera aparición del milagro del Fuego Santo la encontramos exactamente
en el momento en que Jesucristo regresa del mundo de los muertos para glorificarse
en Su Resurrección dentro de una luz indefinible e inaccesible. Esta misma Luz
llena el Santo Sepulcro cada año durante la ceremonia del Sábado Santo. No han
llegado hasta nosotros testimonios o relatos que describan concretamente esta ceremonia
durante los primeros años de la cristiandad. Sí se han salvado, sin embargo,
algunas lámparas antiguas cuyas inscripciones arrojan más luz sobre la antigüedad
de la ceremonia.
Referencias:
1. “ιδόντες οι περί τον Πέτρον επίστευσαν… πλήρης γαρ ην ο Τάφος φωτός, ώστε και νυκτός
ούσης έτι, διπλώς θεάσασθαι τα ένδον, και αισθητώς και πνευματικώς” (Gregorio de Nisa, Περί
της αναστάσεως του Κυρίου ημών Ιησού Χριστού [Sobre la Resurrección de Cristo], versículo II,
ed. J.P. Migne, Patrologia Graeca [a partir de este punto PG], t. 46, col. 636d).
2. “Και δρομαίος ο Πέτρος, επέστη τω μνήματι, και το Φως εν τω τάφω ορών κατεπλήττετο”
(Juan Damasceno, Δοξαστικό, Παρακλητική η μεγάλη [Laudatorio], ed. Diaconato Apostólico
Griego, Atenas, 1992, p. 349).
3. La Luz inconstructa se hizo visible a los tres discípulos Pedro, Santiago y Juan, el día de la Transfiguración
de Cristo en el Monte Tabor. La misma Luz, según San Gregorio Palamás, se le hizo
visible al apóstol Pablo camino de Damasco, cuando se le apareció Cristo, siendo todavía el apóstol
de los Gentiles, jefe de los cristianos. Asimismo se hizo visible el día de Pentecostés cuando
lenguas de fuego se posaron sobre los doce apóstoles.
4. Juan Damasceno, Λόγος εις το Άγιον Σάββατον [Homilia in sabbatun sanctum], ed. J.P. Migne,
PG 96, col. 628.