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Epílogo

El milagro del Fuego Santo, como ha quedado manifiesto, es consecuencia o resultado del milagro más amplio de la Resurrección de Cristo. Los dos están interrelacionados, son inseparables y el mensaje que transmiten es hoy en día más actual que nunca.

Vivimos en una época especialmente difícil en la que se habla cada vez más de la crisis económica y sus consecuencias. Esta crisis, aunque nos la presenten como un hecho fortuito que simplemente se ha manifestado, constituye en realidad un producto artificial y dirigido. Es un resorte de presión y un instrumento de la Globalización y del nuevo orden de cosas que cultivan desdicha artificial y tratan de convertir a los ciudadanos en súbditos obedientes que se ocuparán únicamente del dinero y de lo material y tendrán la atención volcada no en lo divino y lo espiritual, sino en lo terrenal y lo carnal.1 El hombre actual, acorralado en un modelo de vida materialista, aparece desconectado y anestesiado, sin resistencia moral, y privado de cualquier objetivo espiritual con fundamento en su vida. Pero, ¿cuál, sin embargo, podría ser el objetivo más fundamental en la vida de una persona?

Hace dos mil quinientos años, Platón manifestó que el principal objetivo en la vida de una persona es el “parecerse a Dios”,2 a través de la ascesis y la virtud. Es decir, la lucha continua del hombre, por medio de acciones virtuosas, por parecerse lo más posible a Dios.3

 

«Και επιτηδεύων αρετήν εις όσον δυνατόν ανθρώπω ομοιούσθαι θεώ», es decir, “Y con el ejercicio de la virtud, que se parezca el hombre lo más posible a Dios” (Platón, República, 613b).

 

Dios, según Platón, es el “Padre de todas las cosas”, es “Justo”,4 pero sobre todo Bueno, Virtuoso.5 De ahí que un hombre pueda llamarse importante sólo cuando tienda también él a ser virtuoso, de manera que se asemeje a Dios: “Importante es aquel que es totalmente bueno; aquel que tiene su propia virtud” (Platón, Palabras, 415d).

Las mencionadas consideraciones de Platón pueden parecernos lejanas a nuestra época y a la mentalidad predominante en nuestros días. La semejanza a Dios es realmente el objetivo espiritual más elevado no sólo del hombre sino también de los ángeles y todos los seres espirituales que existen dentro de la infinita creación –objetivo que parece no tener mayor importancia hoy en día. Porque la verdadera crisis que vive la humanidad es, en primer término, espiritual y, en segundo lugar, económica. Es una crisis de principios que conduce a la decadencia social.

El milagro de la Resurrección de Jesús transmite a lo largo de los siglos un mensaje eterno, relacionado con el renacimiento espiritual y resurrección del propio hombre, así como con la superación de la muerte y del mundo perecedero. Es un milagro del que pueden ser partícipes todos los hombres, ya que junto con Jesús resucita y renace toda la humanidad. Ello constituye el mensaje primordial de la Resurrección: el renacimiento espiritual y la resurrección del hombre actual en la vida presente, de modo que, tras la muerte, sobrevenga su verdadera resurrección en un mundo celestial que es imperecedero y eterno. En un mundo en el que cada uno recibirá la recompensa por todo cuanto haya obrado en la tierra.

Naturalmente, cualquier acercamiento al tema parte de una premisa fundamental: que la vida continúa más allá de la muerte. La inmortalidad del alma ha dado que pensar al hombre desde los tiempos más antiguos y ha constituido para casi todos los pueblos, así como para todas las religiones, una creencia innegociable e inquebrantable. La filosofía de Platón ofreció una completa interpretación de la continuación de la vida más allá de la muerte. Habló de la doble naturaleza de la existencia humana, de los dos componentes esenciales del ser. El cuerpo, que es mortal, efímero y terrenal, y el alma, que es eterna, inmortal y divina.

No obstante, la más completa interpretación de la inmortalidad del alma y de la resurrección de los muertos resulta de la enseñanza de Cristo, así como de Su Resurrección. “No os asombréis de esto”, dice Jesús, “porque llegará la hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz y saldrán fuera; y los que hicieron el bien saldrán a resurrección de vida, pero los que hicieron el mal, a resurrección de condenación” (Juan 5: 28-29).

Durante el día de la gloriosa Segunda Venida de Cristo tendrá lugar la resurrección de todos los muertos, seguida del Juicio Final de todo el género humano. Al igual que resucitó Cristo con Su Cuerpo los muertos resucitarán con los suyos. Sólo que estos cuerpos ya no estarán sujetos a ningún deterioro, puesto que tendrán como modelo el Cuerpo de Cristo Resucitado.

Todos aquellos a los que hoy llamamos “muertos” no están muertos en absoluto. Todos cuantos hayan abandonado la vida, ya sea en nuestros días, ya en un pasado lejano, están literalmente vivos, mucho más vivos de lo que estamos nosotros. El mundo de los muertos no es el suyo sino el nuestro. Porque el hombre que vive sin valores ni principios, sin amor ni virtud, es, en realidad, un muerto viviente. Por el contrario, su mundo, el mundo de los que están aparentemente muertos, está lleno de vida y de luz.

Tras la muerte, el cuerpo humano se descompone y sus elementos materiales regresan a la tierra; su alma y su espíritu, sin embargo, caminan en dirección contraria. Continúan su marcha y su aprendizaje en el siguiente curso de la escuela que se llama Vida.

Igual que una semilla se entierra para que brote una nueva planta, así también el hombre que ha venido a la tierra “es enterrado” para que surja, tras su muerte, un nuevo hombre eterno en el cielo.

El muerto, al abandonar la existencia terrenal, no tiene derecho a llevarse absolutamente nada con él. Lo deja todo tras de sí. Excepto una cosa: ¡sus obras! Estas obras constituirán “los materiales” con los que construirá su futura morada. Es por eso por lo que Jesús nos anima a que acumulemos nuestros tesoros en el cielo:

“No acumuléis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido corrompen, y donde los ladrones se meten y roban. Más bien acumulad para vosotros tesoros en el cielo… Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón”. (Mateo, 6: 19-20)

 

Los “muertos”, tras su muerte, continúan aprendiendo y trabajando espiritualmente en el lugar a donde son llevados y, naturalmente, mediando por los altavoces” y se oye con toda claridad todo cuanto pensamos de ellos, al igual que el llanto y los sollozos que, cuando son reiterados y prolongados, les hacen sufrir. Por el contrario, ellos no pueden comunicarse con nosotros porque no se les permite. Sin embargo, tienen su manera de ayudar y apoyar a los suyos.

El lugar donde se encuentran es proporcional a sus obras y está siempre a la altura de ellas y después de pasar un primer juicio por todo cuanto obraron en la tierra, esperan el Juicio Final, el suyo y el nuestro, la Segunda Venida de Cristo. Y entonces todos los justos se encontrarán de nuevo.

El sepulcro de cada muerto constituye en realidad una puerta a través de la cual el hombre pasa de la muerte a la vida. Y de esta manera la vida adquiere un sentido diferente. No nacemos para morir y no vivimos para morir, sino que vivimos para participar, después de la muerte, en una vida eterna. Vivimos para ganar una herencia imperecedera que nos espera en los cielos. Porque el hombre no muere nunca, sino que avanza a través de la muerte hacia la vida verdadera.

Cuando un padre sufre con postrero dolor la muerte de su hijo pequeño, es encomiable que pueda comprender que la pérdida del pequeño concierne sólo a nuestro mundo natural. Porque es a este pequeño a quien Cristo resucitado le regala la vida. Y la Luz de la Resurrección es lo que ilumina su muerte.

Poco antes de que Jesús resucitara a Lázaro en la pequeña población de Bethania, cuando al cuarto día de hallarse en su tumba el difunto se encontraba en estado de descomposición, dijo Jesús a Marta, la afligida hermana del muerto:

“Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque muera, vivirá, y quien vive y cree en mí, no morirá nunca” (Juan, 11: 25-26).

 

Jesucristo resucitó para derrotar nuestra propia muerte. Y de esta manera la Resurrección no debe interpretarse como una simple fiesta de la Iglesia.

La Resurrección de Jesús es ante todo una fiesta de la Vida. Es una invitación para que resucite la vida del hombre actual, que tiende a apartarse de cada noción de principios y valores morales.

Pero antes de la festividad de la Resurrección tuvo lugar la Crucifixión del Dios hecho Hombre en el monte Calvario, el Viernes Santo al mediodía.

 

El Gólgota, el lugar de la Crucifixión de Cristo. A través del cristal protector se
distingue la roca que abrió el fuerte temblor de tierra que se produjo en el momento de
la Crucifixión, cuando Jesús gritó y a continuación expiró: “Mas Jesús, habiendo otra vez
clamado a gran voz, entregó el espíritu. Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos,
de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron” (Mateo, 27:50-51).

La grieta que produjo el fuerte seísmo traspasó toda
la roca del Gólgota, desde su parte superior hasta su
base. Arriba, la grieta misma, a través del cristal,
en la base de la roca, cuatro metros más bajo
que el lugar de la Crucifixión.

 

Dibujo del plano (planta) de la roca del Gólgota. El círculo rojo señala
el lugar donde se clavó la Cruz de Cristo. Un poco más a la derecha se aprecia
la grieta producida por el temblor de tierra que, si se prolonga hacia el este
como indica la flecha, entonces se dirige hacia el Templo de Jerusalén.

 

Reconstrucción del Templo de Jerusalén en la época de Cristo. En su lugar se encuentra hoy la
mezquita de la dorada Cúpula de la Roca. El fuerte temblor del momento de la Crucifixión de Cristo partió
el templo y rasgó su velo de arriba abajo. El velo era una doble cortina6 gigantesca que separaba
el santuario del templo propiamente dicho. Al santuario se le llamaba “Sancta Sanctorum”
(Kodesh ha-kodashim) por considerarlo lugar de morada de Dios y no era accesible para los
fieles a causa de sus pecados. La entrada a él la impedía una gruesa cortina tan pesada que, para
moverla, se requería la fuerza de 300 hombres. El haber rasgado el velo significa que Jesús, sacrificándose
en la cruz, redime al género humano de sus pecados y anula cada separación entre
Dios y los hombres. El “Sancta Sanctorum” es ya accesible y lo infranqueable es franqueable.

Cuando Jesús expira en la Cruz y dice “todo se ha cumplido” es el momento en que Dios Padre se reconcilia con el género humano. Jesús con Su sacrificio en la cruz toma sobre Él el peso de los pecados de toda la humanidad.

Se ofrece a sí mismo como Sacrificio Supremo, como Cordero de sacrificio, sin hacer ningún reproche. Padece una humillación extrema con el insoportable dolor y se ofrece a sí mismo como “rescate por muchos”, manifestando su infinito amor por el género humano.

 

“Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Marco, 10:45).

 

Inmediatamente después de Su Crucifixión, Su Cuerpo fue depositado en la tumba y Él bajó al Hades para predicar a los muertos el mensaje de Su Resurrección. Desciende Vencedor al Reino de la Muerte para vencer nuestra muerte y Su Fuego Santo lo ilumina todo.

 

El cuerpo de Cristo es depositado en la tumba.
Mosaico de la Iglesia de la Resurrección.

Después de tres días de estancia en el Hades regresa a su tumba revestido de toda su grandeza y allí vivifica Su Cuerpo, circundado de una gloria y resplandor indescriptibles. Su propia carne se enciende cual candil y tiene lugar Su Resurrección en medio de una cegadora e indefinible Luz Inconstructa.

Esta Luz cegadora de la Resurrección es la misma Luz que inunda cada Sábado Santo el Sepulcro de Cristo. Y esta Luz se hace visible sólo aquel día, bien en forma de destellos de color blanquiazul bien a través de la ignición de la lámpara vigilante y de los cirios del patriarca.

 

La Capilla del Santo Sepulcro desde lo alto en el
momento en que se expande el Fuego Santo.

Como señaló el historiador alemán Alberto de Aachen hace nueve siglos, el descenso de la Luz celestial y la ignición de la lámpara vigilante tuvieron como resultado “que se fortaleciera la fe en la Resurrección de Cristo”.

De la misma manera, el patriarca Diódoros subraya que el milagro del Fuego Santo “hace la Resurrección de Cristo presente, como si hubiera muerto, sólo hace algunos años”.

El milagro del Fuego Santo es realmente un recordatorio y una culminación del milagro de la Resurrección de Jesús.

Los dos milagros son en realidad idénticos e inseparables. Y tuvieron lugar al mismo tiempo dentro del Sepulcro de Cristo, después de la medianoche del Sábado Santo y un poco antes de que amaneciera el Domingo de Pascua, probablemente, como hemos referido con anterioridad, el 5 de abril del año 33 d.C.

Admitir la autenticidad del milagro del Fuego Santo supone, en realidad, admitir la Resurrección de Cristo y por extensión su Naturaleza Divina.

 

La Resurrección de Cristo. Icono de la Iglesia de la Santísima Trinidad
en el asceterio Kausokalibia del Monte Athos.

Todos los testimonios y relatos que hemos presentado en este tratado aluden, unánimemente, a una Luz o a una Llama o a un relámpago que desciende de los cielos en presencia de todos los hombres. Al mismo tiempo, la lámpara votiva del interior del Sepulcro cerrado se enciende y todo el Sepulcro resplandece inundado de luz. Todo ello en una época en la que no hay ni electricidad ni la posibilidad tecnológica de producir estos fenómenos.

Todo esto significa que los testimonios de decenas de viajeros, cronistas y peregrinos que han llegado hasta nosotros a lo largo de los siglos, así como testimonios más recientes, ponen de manifiesto que el Fuego Santo es un milagro real, como también la misma Resurrección de Dios hecho Hombre...

 

 

Referencias:

1. El objetivo último del nuevo orden de cosas, así como del cártel bancario que tiraniza las economías de estados y ciudadanos, es cultivar en el futuro inmediato la convicción de que el hombre actual superará sus sufrimientos económicos – además de otros grandes problemas como el terrorismo, la evasión de impuestos, las agitaciones sociales y más ampliamente el problema de la seguridad internacional – a través de la implantación de un microchip en su mano derecha. Este microchip, que ya se emplea por razones médicas (Verichip), se aplicará a escala mundial y se utilizará primordialmente como medio de transacciones económicas (dinero digital). Los ciudadanos no llevarán dinero encima, sino que negociarán exclusivamente con él. La implantación del determinado microchip convertirá a las personas en esclavos electrónicos que estarán no sólo absolutamente controlados, sino además rastreados a través de satélites. Asimismo, anula toda noción de libertad y constituye un enorme ultraje hacia el hombre, así como hacia Dios mismo. Este funesto devenir de los acontecimientos está programado que tenga lugar en los próximos años y la denominada “tarjeta del ciudadano”, así como otras parecidas tarjetas con microchip, constituyen una etapa de transición. El microchip implantado se describe en el Apocalipsis de Juan (13: 16-18) en el versículo que hace referencia al llamado “trazo” que se colocará en la mano derecha de las personas, sin el cual nadie podrá comprar ni vender ningún bien.

2. Platón, Teeteto, 176b.

3. La suprema exhortación de Platón ha sido señalada por muchos filósofos posteriores a él. Clemis de Alejandría, hacia el 195 d.C., señala que “según Platón la mayor virtud es parecerse a Dios” (Stromatis, lib. 2, cap. 21); Diógenes Laertes, en el siglo III d.C., escribe que “Hablando (Platón) sobre las virtudes y los males decía: objetivo de la vida es llegar a ser igual a Dios” (Vida de Filósofos, lib. 3, cap. 78).

4. Platón, Teeteto, 176b-c.

5. «Platón en su obra Τimeo (28c) llama a Dios “Padre y Hacedor de todo el universo”, así como “Virtuoso Creador” (29a). Lo contrario, es decir, el no ser Creador Virtuoso como dice Platón, “es algo que no se permite ni siquiera decir” (29a).

6. La doble cortina estaba hecha con 72 telas cuadradas tejidas en telar.Medía cerca de 10 metros de largo, 9 metros de altura y 10 centímetros de grosor. Se describe en muchos tratados judíos. Cf. Misnah, Sheqalim (8:5), Yoma (51b-52b), Pesicta Rabbati 26 (ed. Ish-Shalom, 131a).